- 335 views
Cuando se habla de carrito de bebé o porteo, casi siempre se plantea como una elección práctica.
Carrito de bebé o porteo.
Ruedas o cuerpo.
Empujar o sostener.
Pero esta comparación es mucho más reciente de lo que parece.
Durante la mayor parte de la historia humana, no hubo elección.
Hasta 1733 no existía el carrito.
Lo inventó un tal William Kent, para un noble inglés.
Un capricho elegante con ruedas de madera.
Una mini carroza. Para el heredero.
Antes de eso, los bebés iban en brazos.
Siempre.
En África, en Asia, en América, en Europa.
En telas, en rebozos, en la cadera.
Sujetos con lino, con tiras de corteza o lana.
Colgados del cuello, a la espalda, en el pecho, en la cintura.
Dormían ahí. Comían ahí.
Crecían ahí.
Y nadie se preguntaba si se iban a malacostumbrar.
Porque el contacto no era una opción.
Era el lugar.
El cuerpo de quien te cuida.
No había cunas inteligentes, ni listas de Amazon.
Ni tablas de estimulación temprana,
ni estudios de Harvard que lo confirmaran.
Y, sin embargo, crecían.
Vaya si crecían.
Con un cuerpo como casa y como frontera.
Con una tela como nido.
Somos portadores antes que caminantes.
Nuestra especie nació de ese calor.
El porteo no es una técnica ni una moda.
Es el estándar humano de crianza.
Durante el 99,5 % de nuestra historia, así se criaron los bebés.
No es raro que funcione.
Lo raro es haberlo olvidado.
Y aún más raro: tener que justificarlo.
En el blog dejo miguitas.
El pan entero está en mi newsletter.
Al final de la página tienes el formulario para apuntarte.