Llega un bebé al mundo.
Y con él, las opiniones no solicitadas.

 

Aparecen rápido.
Con tono de recuerdo.
Con forma de frase hecha.

 

—Eso en mis tiempos no se hacía.
—Eso del porteo es muy moderno.
—Eso de llevarlo en brazos todo el día… eso es de ahora.

 

Frases que se repiten tanto que parecen verdades heredadas.
Aunque casi nunca lo sean.

Hace poco escribí en mi newsletter sobre una de ellas.

Sobre ese “en mis tiempos” que se dice con seguridad…
y sobre el pequeño detalle histórico que suele olvidarse.

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—Eso en mis tiempos no se hacía.
—Eso del porteo es muy moderno.
—Eso de llevarlo en brazos todo el día… eso es de ahora.

Y tú, con el bebé encima, sonriendo como si nada.

 

Pero por dentro piensas:

 

—No señora. No tiene nada de moderno.
Es anterior a tus tiempos.

 

Mucho antes de que existieran salas de espera, existían madres con bebés atados al cuerpo.

 

Mucho antes de los carritos con amortiguadores… existían espaldas que cargaban.

  

Lo que pasa es que usted creció en el único paréntesis.

 

Ese paréntesis de la historia
donde se inventó el cochecito,

y las cunas con barrotes

y los vigilabebés con cámara.

 

Ese momento extraño entre siglos,
en el que se arrinconó el cuerpo,
y se olvidó cómo se calma un bebé.

 

Un paréntesis ruidoso.

Corto.
Y profundamente equivocado.

  

Usted estaba dentro de ese paréntesis.

Pero yo no.

Yo ya estoy fuera.

 

—

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