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Hubo un momento en la crianza en el que el miedo se volvió argumento.
Miedo a coger demasiado.
Miedo a crear dependencia.
Miedo a que el bebé “se acostumbrara”.
Ese miedo no apareció solo.
Se enseñó.
Se repitió.
Se normalizó.
Y cuando el miedo entra, el cuerpo se silencia.
Hace tiempo escribí en mi newsletter sobre esto.
Sobre cómo dejamos de confiar en el contacto…
y sobre todo lo que vino después.
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Nos llenaron de miedo.
Para vendernos la solución al miedo.
Hubo un tiempo…
En el que nos dijeron que era mejor no cogerlos tanto.
Que si lloraban, era bueno.
Que así se les ensanchaban los pulmones.
Que así aprendían.
Nos dijeron que si los tenías mucho encima…
se malacostumbraban.
Que dormir con ellos era peligroso.
Que lo moderno era enseñarles a dormir solos.
Que lo sano era que se calmaran sin ti.
Que lo mejor era que aprendieran.
Nos dijeron muchas cosas.
Y lo peor…
es que nos lo creímos.
Desconfiamos del cuerpo.
Del instinto.
Del vínculo.
Y lo sustituimos por tecnología.
Por manuales.
Por cacharros.
Por opiniones ajenas.
El bebé lloraba y pensábamos:
“¿Qué hago mal?”
“¿Será que no sabe calmarse?”
“¿Será que tengo que enseñarle?”
No.
Era justo al revés.
Lo que estaba mal era no estar con él.
Pero ya era tarde.
Ya nos habíamos desconectado.
Y entonces inventamos una industria.
Hamacas que vibran.
Aparatos que dan palmaditas.
Muñecos que simulan el pecho.
Móviles que te dicen si respira.
¿Para qué?
Para evitar estar presentes.
Para que no se acostumbre.
Para que no nos necesite.
No era comodidad. Era desconexión.
Y todavía estamos pagando el precio.
Historias reales. Sin purpurina.
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