La culpa materna suele presentarse como algo interno.

Como si naciera de la inseguridad o de la duda personal.

 

Pero no siempre empieza ahí.

 

A veces aparece cuando una madre tiene que elegir entre sostener…
y cumplir.

 

Entre el cuerpo que pide una cosa
y el entorno que exige otra.

 

 

Hace tiempo escribí a mi lista de suscriptores esta escena, situada en Creta minoica, muchos siglos atrás.

 

No porque fuera distinta.
Sino porque, incluso entonces, ya pasaba lo mismo.

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[Creta minoica · siglo XV a.C.]

 

El lavadero está junto al acueducto, donde el agua baja templada después de recorrer las piedras calientes.

 

Las mujeres tallan la ropa contra las losas.

Golpes rítmicos.

Espuma.

Charcos salpicando los tobillos.

 

Ella llega tarde.

Lleva al bebé sujeto contra el costado, aún medio dormido.

Lo deja sobre una manta a pocos pasos, en la sombra húmeda del muro, para poder frotar la ropa sin empaparlo.

 

Se promete terminar rápido.

 

Pero el bebé gimotea.

Una de las mujeres gira la cabeza.

Otra murmura algo apenas audible.

No desaprobación abierta.

Peor: ese tipo de silencio que pesa.

 

Ella vuelve a inclinarse, pero ya no siente las manos.

Solo el nudo en el estómago.

 

Lava una túnica. Se detiene. Lo mira.

 

Él la está buscando con los ojos.

No llora fuerte.

Solo ese sonido pequeño, ese que no es llanto aún.

 

Podría llevarlo al pecho.

Pero entonces no acaba la colada. Si acaba la colada, el bebé espera.

Si lo calma, ellas esperan.

 

Haga lo que haga, pierde. O eso siente.

 

Da un paso. Luego otro. Hasta tenerlo de nuevo en brazos.

Ahí respira.

Él también.

 

Cuando vuelve a la losa, alguien ya ha movido su ropa a un lado para ganar espacio.

 

Nada se ha dicho. Pero todo se ha dicho.

 

Lo sostiene más fuerte. No por él, por ella: para no caerse por dentro.

 

La culpa nace cuando falta red.

Cuando sostener se convierte en justificarse.

Cuando el cuerpo sabe lo que necesita

y el entorno no lo acompaña.

 

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