—Pues tú no dormías en brazos.
Tú dormías solita en la cuna.
Y no llorabas nada.

 

Lo dijiste mientras colgabas los trapos.

Con las manos húmedas.

Y ese tono suave que tienen las madres cuando recuerdan.

 

Yo no dije nada.

Miraba el vapor saliendo de la olla.
Y la papilla de plátano recién machacado.

 

Mi bebé estaba en el fular.
Con la frente pegada a mi pecho.
Dormido.
Por fin.

 

—Yo tenía menos tiempo, claro.
Llegaba de trabajar tarde.

Y había que atender a la abuela.
Y a tus hermanos.

 

Lo dijiste con cariño.

Como quien comparte una historia de supervivencia.

Como quien quiere explicar sin juzgar.

 

Pero a mí me dolió.

No por ti.
Sino por mí.

 

Porque al escucharte me imaginé pequeña.
Sola.
Callada.
Dormida antes de que alguien viniera.

.

.

.

Y me vi a mí ahora.

Con el bebé en brazos.
Dudando si darle teta otra vez.
Pensando si lo estoy malacostumbrando.
Intentando no llorar porque no sé si lo estoy haciendo bien.

 

Y de pronto, lo vi todo.

 

Vi que tú hiciste lo que pudiste.

Que yo también.

Que no lo hacemos igual.

Pero lo hacemos con amor.

Con entrega.

Con lo que tenemos.

 

Vi que tu historia no es reproche.

Es raíz.

 

Y que, si hoy lo sostengo tanto,
es también porque tú me sostuviste como pudiste.

Y me enseñaste a amar como sé.

 

Esta mochila sirve desde recién nacido y es tan suave como una historia bien contada.

Neko smart mochila

 

Mírala aquí.

 

Mar

---

Dicen que un poco más abajo está el formulario para apuntarte a mi newsletter.
Y que si lo rellenas… te llegan historias como esta.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.