Tu cesta
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—Pues tú no dormías en brazos.Tú dormías solita en la cuna.Y no llorabas nada.
Lo dijiste mientras colgabas los trapos.
Con las manos húmedas.
Y ese tono suave que tienen las madres cuando recuerdan.
Yo no dije nada.
Miraba el vapor saliendo de la olla.Y la papilla de plátano recién machacado.
Mi bebé estaba en el fular.Con la frente pegada a mi pecho.Dormido.Por fin.
—Yo tenía menos tiempo, claro.Llegaba de trabajar tarde.
Y había que atender a la abuela.Y a tus hermanos.
Lo dijiste con cariño.
Como quien comparte una historia de supervivencia.
Como quien quiere explicar sin juzgar.
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La culpa materna suele presentarse como algo interno.Como si naciera de la inseguridad o de la duda personal.
Pero no siempre empieza ahí.
A veces aparece cuando una madre tiene que elegir entre sostener…y cumplir.
Entre el cuerpo que pide una cosay el entorno que exige otra.
Hace tiempo escribí a mi lista de suscriptores esta escena, situada en Creta minoica, muchos siglos atrás.
No porque fuera distinta.Sino porque, incluso entonces, ya pasaba lo mismo.
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